jueves, 9 de marzo de 2017

algunas cosas inútiles

En Martínez sobre la avenida, en un negocio chiquito donde vendían las mejores tartas de atún de toda la zona norte reconocí a Perrota, mi profesor de taller de segundo año. Él estaba un poco más adelante con su saco de lana, camisa a cuadros abrochada hasta el último botón y una bufanda negra colgando a ambos lados del cuello. Estaba igual, con los mismos anteojos, apenas un poco más canoso. No tengo grandes recuerdos de esos años en el colegio industrial. Un apoyaplanchas de hierro que ahora tiene mi madre, un perchero con forma de pentagrama con la clave de sol y cuatro notas que se desoldó y por eso mamá sacó del hall de entrada, un jarrito de hojalata que la última vez que lo vi mamá lo usaba, ya todo agujereado, para darle de comer a la perra, un martillo que le tengo reservado a mi hija Aurora, un tablero eléctrico al que mi hermano le sacó el portalámparas para arreglar una lámpara, un banquito de madera que se partió por la mitad cuando mi hermano se subió encima para arreglar esa lámpara, y, lo único a lo que nadie nunca le encontró utilidad, la plaqueta audiorítmica que hicimos en electrónica con Perrota.

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martes, 6 de septiembre de 2016

El miembro fantasma

Todavía a veces me duele la rodilla derecha, aunque no la tenga. Todos saben que las obras son peligrosas y yo soy plomero. Pero en esta obra yo ya había terminado mi trabajo, tenía los artefactos del baño colocados, la cocina y el calefón funcionaban. Ya se podía llenar la bañera con agua caliente. La obra era nuestra, era la primera casa que iban a tener papá y mamá. Con cincuenta años, y habiendo trabajado toda la vida, era hora de que dejaran de alquilar.
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sábado, 30 de abril de 2016

Un mito nocturno

La profesora más linda que jamás hayamos visto entró al turno nocturno del ENET Nº1 de San Isidro pero nunca llegó a dar clases en cuarto tercera. El lunes la vimos en cuarto primera y fue como si a cada uno de nosotros nos hubieran girado la perilla para acelerar al máximo el ventilador. Vibrábamos. Lo que nos dictaba de su libro el ingeniero Mainardi no era cautivante, pero nunca fue tan alevoso nuestro desinterés. Estábamos pendientes de lo que sucedía en el aula de al lado. Cuando por fin Mainardi cerró su libro y salimos al recreo, encaramos  a los de cuarto primera. Esta más buena que el pan con manteca y dulce de leche, dijo el enano maldito. Ivo el albino agregó: Se trajo unas botas como si se viniera a la doma. ¿Cómo se llama?, preguntó Rulos. Melina, contestó el enano. Nos miramos con Germán, el levantó las cejas y yo suspiré. No nos quedaba otra que esperar al miércoles.
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sábado, 1 de agosto de 2015

El cuarto Sandokán

Una camioneta Ford atropelló a Sandokán cuando tenía poco más de un año. Después de eso vivió hasta los quince. El segundo y el tercer Sandokán murieron bajo las ruedas; un Volkswagen y la Estanciera de don Pirlo. Por eso yo pensaba que lo que tenía que sucederle al cuarto Sandokán era ser atropellado y sobrevivir, para qué aprendiera a tener cuidado con la ruta.

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viernes, 11 de abril de 2014

Morocha

Esa tarde, después de un mate solitario en la costa, cansado de descubrir los infinitos celestes que puede mostrar un témpano antes de perderse con un suspiro, a Juan le surgieron repentinas ganas de enredarse en los brazos de una fémina.

Desandando la senda mas pisoteada llegó a los baños y enfrentó los ojos bajitos de la voluntaria morocha. Pidió agua para mate sin temor a sonar repetido y, con más compromiso por el habla que ganas de comunicarse, puso la mano sobre la cabezota del perro amarillo y comentó lo mimoso que era ese Piluso. Animado ante la sonrisa cómplice, le contó a los ojos sobre su gato siamés que se la pasaba panza arriba, retozando sobre el sofá de estilo bajo el ventanal que mira a la avenida Scalabrini Ortiz. Envalentonado, elaboró toda una teoría sobre la capacidad estética de los felinos que resultó asombrosamente parecida a la que hacía unos meses había leído en un libro de Taschen. Con voz grave y melancólica recordó los leones de Cutini y a Darma, la tigresa de Tremal Naik. La fue envolviendo y cuando las manos se tocaron encima de la cabeza del perrazo, ninguno de los dos la sacó. Piluso agradecido, estirando el cuello peludo puso esa cara mezcla de zonzera y placer que tan cómica les queda a los perrazos. Ninguno se percató demasiado, la mano con reloj de cuatro cuadrantes hizo que sus dedos recorrieran como un xilofón la prolija mano de la voluntaria, y ya en vuelo estelar se olvidaron de Piluso.


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