martes, 2 de agosto de 2016

Los penitentes

El refugio está a dos mil trescientos metros de altura, tiene techo de chapa y piso de madera, un cuarto soterrado con doce cuchetas y un cuarto vip con cuatro camas y ventana a las montañas. Nosotros éramos siete, más Tonio, el guía, y su ayudante; nos mandaron abajo. Por una ventana diminuta entraba algo de luz que dejaba ver el polvo en suspensión y en un colchón deshilachado desparramé mi arsenal. Para las manos tenía cuatro capas: guantes de primera piel y de abrigo, mitones de pluma y cubremitones de goretex. El abrigo es importante. Todos habíamos visto los mismos videos, todos conocíamos las historias de dedos amputados. Para el resto del cuerpo, el equipo era equivalente al de las manos, el de las capas de una cebolla tecnológica impermeable y transpirable. Para los pies tenía unas botas dobles que pesaban un kilo cada una. Y Pili le dijo a Tonio que tenía que alquilar calzado. Alquilar botas. Yo no la entendía. Con Martín habíamos hecho el ridículo entrenando por las calles de la ciudad con nuestras botas negras y amarillas. No conviene probar el equipo en la montaña. Ampollas, heridas, congelamiento y claro, amputación. Todos habíamos visto los mismos videos, pero parecía que Pili no los había entendido.

miércoles, 6 de julio de 2016

Algunas cosas inútiles

En un negocio sobre la avenida reconocí a Perrota, mi profesor de electrónica. Estaba dos lugares adelante en la fila y tenía un saco de lana, camisa a cuadros abrochada hasta el último botón y una bufanda negra colgando a ambos lados del cuello. Estaba igual, apenas más canosos los mechones de pelo sobre las orejas. Seguía siendo parecido a Willie Tanner.

No conseguí grandes logros en el colegio industrial. En los tres primeros años hice un apoyaplanchas de hierro que ahora tiene mi madre, un perchero con forma de pentagrama con la clave de sol y cuatro notas que se desoldó y por eso mamá lo sacó del hall de entrada, un jarrito de hojalata que la última vez que lo vi mamá lo usaba, ya todo agujereado, para darle de comer a la perra, un martillo que le tengo reservado a mi hija Aurora para cuando crezca, un tablero eléctrico al que mi hermano le sacó el portalámparas para arreglar una lámpara, un banquito de madera que se partió por la mitad cuando mi hermano se subió encima para arreglar esa lámpara, y, lo único a lo que nunca nadie le encontró utilidad, una plaqueta audiorítmica.

martes, 14 de junio de 2016

Industria Nacional

Poco antes de cumplir catorce años tuve la última novia a la que le dije que era suizo. Se llamaba Gisela y la conocí en una fiesta que organizaba la agrupación de boy scouts donde iba mi hermano. En una ceremonia cerca de la costa del río cinco lobatos abrieron un ojo y a Gisela y a otras tres chicas le tomaron la promesa y le dieron el cordón de pureza. Finalizado el protocolo pusieron música en unos parlantes montados en un mangrullo. Nadie bailaba, la luz del mediodía intimidaba y encima los jefes scouts nos miraban con sus uniformes caquis y sus pañuelos coloridos. En unos tablones vendían choripanes y vasos de gaseosas, la fiesta era un bodrio, pero yo conseguí que mi hermano me pusiera a hablar con las chicas y Gisela me enamoró con su sonrisa tímida (tenía brackets). Al rato nos fuimos solos a sentarnos bajo los árboles junto al alambrado. Gisela tenía unos aros grandes, colgantes, de hojalata con arabescos que se me enganchaban en el pullover y obligaban a hacer maniobras extrañas para desengancharnos. Los aros resultaron una buena excusa para terminar abrazados y cuando ya le había explorado la boca con la lengua, cuando ya las risas iniciales habían dejado lugar a la pausa, le susurré en el oído que era suizo, y que como todo buen suizo era dulce como un chocolate, preciso como un reloj y filoso como una navajita.

miércoles, 11 de mayo de 2016

Renato al rescate

Recién después de dar tres vueltas a la manzana conseguí lugar para estacionar a dos cuadras de casa. Cuando abrí la puerta del departamento, agotado, lo primero que encontré fue el sillón verde mostaza, amigable y mullido, y me desparramé sobre él. A centímetros de mi cabeza estaba el control remoto, eran las ocho pasadas, prendí la tele. Julieta asomó su cabeza desde la cocina. No tuve que explicarle nada, mi lenguaje corporal era contundente. Gabriel se acercó con sus rulos, caminando como un robotito, y se quedó conmigo agarrado al apoyabrazos del sillón. Era lunes, el programa con los goles del fin de semana ya había empezado, y a mí siempre me reventó agarrar esos resúmenes sin saber que parte ya me había perdido. Uno puede pasarse casi una hora esperando ver los goles que pasaron los primeros cinco minutos. Gabriel daba vueltas alrededor del sillón, me mostraba una pieza de un rompecabezas. Yo no entendía que quería. En la propaganda me paré y abrí el ventanal que daba al balcón. Un poco de aire fresco. Me froté la cara, me acerqué a la cocina. Julieta cocinaba. Puré de algo, creo que de papa. Le dije que había abierto la ventana para ventilar. Después volví al sillón. Gabi tenía a su conejo blanco de peluche en la mano y me lo mostraba. No hablaba todavía, pero se hacía entender. En la tele aparecieron los goles, los de River, los que quería ver. Gabriel me puso al conejo Pipote en la cara. Lo corrí con un manotazo. Gabriel empezó a gritar. Le pedí ayuda a Julieta, pero estaba triturando algo y no me escuchó. Francescoli enganchaba para adentro, dejaba sentado al defensor y se preparaba para sacar el derechazo. Mi hijo apretó su cara contra mi pierna y me mordió, me clavó los dientes en el muslo. Salté hasta el techo. Debo haber insultado, pero de eso no me acuerdo. La mordida atravesó la tela del pantalón, quedó la marca con los agujeros. Agarré a Pipote del pescuezo y dando tres pasos lo tiré por el balcón.

sábado, 30 de abril de 2016

Un mito nocturno

La profesora más linda que jamás hayamos visto entró al turno nocturno del ENET Nº1 de San Isidro pero nunca llegó a dar clases en cuarto tercera. El lunes la vimos en cuarto primera y fue como si a cada uno de nosotros nos hubieran girado la perilla para acelerar al máximo el ventilador. Vibrábamos. Lo que nos dictaba de su libro el ingeniero Mainardi no era cautivante, pero nunca fue tan alevoso nuestro desinterés. Estábamos pendientes de lo que sucedía en el aula de al lado. Cuando por fin Mainardi cerró su libro y salimos al recreo, encaramos  a los de cuarto primera. Esta más buena que el pan con manteca y dulce de leche, dijo el enano maldito. Ivo el albino agregó: Se trajo unas botas como si se viniera a la doma. ¿Cómo se llama?, preguntó Rulos. Melina, contestó el enano. Nos miramos con Germán, el levantó las cejas y yo suspiré. No nos quedaba otra que esperar al miércoles.

viernes, 22 de abril de 2016

Aurora

Una chica  menuda que tenía un pelo finito que acompañaba la forma de su cabeza y unos mechones que le llegaban al cuello se inclinó sobre su almohadón y le preguntó a Candelaria si era nuestra primera vez. Yo le sonreí, Cande le sonrío, asentimos los dos como tontos, pero enseguida me sentí raro. Una vez que la chica tuvo nuestra respuesta ya le estaba preguntando a otra pareja si también era su primera vez. Parecía como si quisiera hacer una estadística y una vez que tenía tu respuesta dejaba de prestarte atención, lo que era raro porque la teníamos al lado, a un brazo de distancia, sentada en posición de loto con su pollera blanca, haciendo como si uno fuera transparente, como si lo único que le importara fuera conseguir nuevas respuestas entre los asistentes que estaban desparramados por todos lados. Yo pensé que sería una especie de ayudante de la partera, alguien que tomaba asistencia, una especie de preceptor.

martes, 19 de abril de 2016

De contratos y leyes

Flavio prende el auto mientras adentro de la casa arde troya. La menor no quiere peinarse, la mayor no encuentra colita para la trenza y la del medio llora. Marianela está a los gritos. Flavio abre las ventanillas para bajar la temperatura, elige la música y espera. Cuando por fin suben al auto las chicas, en el Peugeot  suena Brilla tu diamante loco, de Pink Floyd. Marianela abre el portón, espera a un lado que pase el auto y luego lo cierra, se acomoda en su asiento, le alcanza el cepillo del pelo a la menor, un abrigo a la del medio y una colita fucsia a la mayor. La mayor dice gracias, la menor rechaza el cepillo y tiene cara de que su enojo podría prolongarse buena parte del viaje. Marianela cierra la ventanilla y dice:
     ¿Podés apagar la música que esa guitarra me enerva?

miércoles, 13 de abril de 2016

El día del padre en que se me salió la cadena

Diez barquitos con sus velas blancas avanzan sobre el agua quieta. Estamos con mi hija navegando, mierda, gloria a Dios alabado sea su nombre, que más quiere un nauta que sus pichones compartan su amor al mar, al viento en las velas y a cabalgar las olas con agua bajo la quilla. Los barquitos son de aprendizaje, algo parecido a una cáscara de nuez, donde mi traste adulto ha sido encastrado por tiempo indefinido. Encima de mí una única vela henchida por el viento y no hay manera de que me mueva aunque no importa porque mi hija lleva el timón.

    Esto es maravilloso Ro— le digo— Ni en mi mejores sueños pude navegar con mi hija.

miércoles, 27 de enero de 2016

Zapatero a tus zapatos


    Este techo está al revés— dijo Santos Moreira mirando mis planos — la viga está puesta como los cabios y los cabios como la viga, parece un techo diseñado por un calefaccionista.

Concluido el veredicto Santos me guiñó un ojo, me devolvió los planos y se ajustó los lentes sobre la nariz.

Entonces, herido en mi orgullo, le expliqué mi teoría: En invierno el sol calentaría la casa a través de los vidrios del ventanal del living. Como en verano el sol levanta su trayectoria, el alero dejaría ese mismo ventanal a la sombra. Esto se llama calefacción solar pasiva y lo que yo proponía era ni más ni menos que aprovechar con inteligencia lo que la naturaleza nos ofrecía. Pero si yo hacía el techo como los demás mortales, en la parte más alta tenía que poner una viga, una viga que iba a quitarme preciosos centímetros cuadrados de vidrio y de aporte solar en invierno. Y aparte, y esto no se lo dije a Santos, si ponía la viga, me iba a sacar el placer de ver, cuando me sentara en un enorme sillón en ese living, el techo que se perdía limpio hasta el cielo, un plano inclinado que subía al ritmo de las maderas transversales. ¿Purismo geométrico?, ¡claro que sí! ¿Innovación?, ¿por qué no? Yo era calefaccionista pero también había estudiado arquitectura.

viernes, 15 de enero de 2016

El agua y los santos

    Má, ¿puedo ir a lo de Lucas?

Yo había llegado corriendo a las cinco, el horario de salida de la escuela. La sola idea de que mi hijo no me encontrara entre las madres me aterraba. Por eso había apretado el paso desde el supermercado de Atrio. Había hecho tres cuadras a toda velocidad y ahora estaba tratando de recuperar el pulso. Entonces abrieron la reja y se atropellaron en la vereda decenas de niños con delantales blancos. Yo ni siquiera había visto la cabeza de mi hijo y ya tenía un pedido. Ahora ya lo veía, el flequillo, la boca abierta, el diente que le faltaba, gritándome desde unos metros, otras veinte cabecitas en el medio. Repitió su pedido, quería ir a lo de Lucas. Pero yo esperé a que llegara a mi lado sin contestarle, quería evitar que todo el pueblo se enterara de nuestras negociaciones. Cuando llegó Nico me agarró del antebrazo:

sábado, 24 de octubre de 2015

Geraci y las garotas

Desde que mi sobrina volvió de Bariloche no hablaba de otra cosa que de su viaje de egresados. Cada vez que la veía llevaba puesta encima de la ropa la misma remera que decía Egresados pintado en celeste con aerosol y letra deforme. En la mesa, cuando comíamos los ravioles que amasa mi cuñada Romina, se ponía a repetir siempre el estribillo de una canción que yo conocía de la cancha. Pero uno de esos domingos mi sobrina contó que tenía un amigo que en Bariloche se había comido a más de cuarenta minitas, y yo me quedé con el tenedor en la mano.

domingo, 13 de septiembre de 2015

La niñez puede terminar un lunes

Durante la primaria yo caminaba hasta la escuela. Iba al turno tarde y a una cuadra vivía mi abuela que a la salida era una parada obligada. Encima nos esperaba con la leche, a mí y a mis amigos. Los viernes nos daba alfajores Havanna. Gracias a mi abuela mi ascendencia en el grado era grande. Pedro, Martín y algunos otros que no recuerdo se mataban por entrar a mi grupo de amigos. Se peleaban por quién me regalaba más figuritas. Pero yo sin saberlo ejercía el quién mucho abarca poco aprieta. En lo de mi abuela los de siempre éramos tres: Tato, Adrián y yo. A veces invitábamos al gordo Diego que tenía una escalectric. A veces venía Robertito porque su hermana era la mejor amiga de la hermana de Tato. Pero nunca fuimos más de cinco. Tampoco quería que se acabaran los alfajores.

viernes, 28 de agosto de 2015

La zunga, el aceite y la pastillita

Celina escuchó el timbre, pegó un salto. Llegaron, me dijo. Con una risa histérica, con la boca torcida, me miró intenso con los ojos celestes atrás de los lentes y me dijo:

    Quédate acá en el cuarto, no salgas.

Cerró la puerta en mi nariz. Yo todavía no entendía. Se suponía que me tenía que ir antes de que llegaran. Aunque estuviera enfermo. Aunque tuviera treinta y nueve de fiebre. Que me fuera era cuestión de vida o muerte Ahora, Celina me dejaba encerrado. La puerta se volvió a abrir. Por favor, me olvidé del por favor, me dijo, y me dio un piquito parada en puntas de pie.

Me quedé apoyado contra la pared ocre, la misma que tiene el armario empotrado. Escuché como Celina abría la puerta del living y les daba la bienvenida a las amigas. Todas hablaban al mismo tiempo. Reconocí la voz grave de Majo. Reconocí los grititos de Gisela. Estaba casi seguro de que la tercera voz era de Maru. Cerré la puerta del cuarto con llave. Maru le dijo a Celina que el vestido le quedaba divino. Celina dijo que la musculosita de Majo era un amor. Corrí la cortina tapando la ventana. Asumí que el asunto iba a ser largo. Por suerte tenía la computadora.

jueves, 6 de agosto de 2015

Tedio, deseo y decepción

En el balneario Gruta Azul, en las horas calientes poco se puede hacer. La arena quema, mi madre no nos dejaban salir al sol, y ni hablar de meternos en el mar antes de completar la digestión. Para comer nos había traído diez sanguches de jamón que entre los cinco hermanos duraron poco. Cuando estábamos abriendo el paquete, el pelado de la carpa de al lado salió a perseguir al diariero. Cuando volvió, nosotros ya habíamos terminado nuestro almuerzo. Se había comprado el diario y una revista que le dio a su mujer. Después el pelado se sentó en su reposera, al sol. Tenía pelo en todo el pecho y hasta parte de la espalda. Se puso los anteojos y un gorro enorme. Nosotros quisimos volver al mar, pero mamá resultó inflexible. Para ella la digestión, aunque fuera de dos miserables sándwiches, duraba dos horas. Por eso, cuando por fin mamá se volvió a la casa y nos dejó solos, de puro aburridos, cargamos sobre las promotoras.

sábado, 1 de agosto de 2015

El cuarto Sandokán

Una camioneta Ford atropelló a Sandokán cuando tenía poco más de un año. Después de eso vivió hasta los quince. El segundo y el tercer Sandokán murieron bajo las ruedas; un Volkswagen y la Estanciera de don Pirlo. Por eso yo pensaba que lo que tenía que sucederle al cuarto Sandokán era ser atropellado y sobrevivir, para qué aprendiera a tener cuidado con la ruta.

lunes, 15 de junio de 2015

Majo y el manual de pesca

Yo estaba cargando remitos en el sistema nuevo. Un remito tras otro. Hacía cuatro días que no hacía otra cosa y todavía tenía en una bandeja celeste una pila llena. En los otros escritorios el panorama era parecido con ligeras variaciones. Facturas de compra y de venta, órdenes de compra y presupuestos, todo el papelerío pasando por nuestras manos para ingresar al sistema. En la oficina lo único que se escuchaba eran ocasionales bufidos. El sistema nuevo nos resultaba complicado de entender y engorroso para aplicar. El jefe en el segundo piso estaba histérico. Entonces abajo en recepción escuchamos una risa, una chica reía y fue como si una ventana se abriera y entrara una cascada de aire fresco.

jueves, 26 de marzo de 2015

La revolución del ingeniero

Cuando la lancha bajó la velocidad me di cuenta de que Daiana me había ganado de mano. Ya estaba tomando mate con el profesor sentados ambos en el banco de madera que había en la punta del muelle. Miraron desde arriba cuando el marinero acercó la lancha a la escalera con una soga gruesa. Bajé de un salto con mi bolso al hombro y vi que Daiana tenía puesta una vincha fucsia. Con una vincha igual pero verde flúo la había conocido cuando entré a trabajar al departamento de matemática de la Facultad de Ingeniería.

martes, 10 de marzo de 2015

La evolución del brócoli

Yo no creo que haya habido alguien que trabajara como mi padre. Era podador de árboles, esa era su profesión. Sin embargo después de la guerra, de la primera guerra, se fue con su hermano y unos amigos a Australia y como no conseguía trabajo de podador, se presentó en una peluquería y lo tomaron. Así que con lo que cobraba cortando el pelo, el viejo paraba la olla para él, su hermano, su amigo y la mujer de éste. Así vivieron unos meses hasta que la cosa empezó a mejorar y él dejó la peluquería. Con el tiempo mi viejo se volvió a Italia, a San Gimignano, el mismo pueblo donde había nacido y con todos sus ahorros compró un pedazo de tierra medio alejado. No valía nada la tierra en la toscana entonces. Los familiares, los amigos, los conocidos, todos lo criticaron. El viejo alambró el terreno y dijo que el que se metiera iba a terminar duro como árbol. Igual, nadie quería meterse. Mala, mala era esa tierra.

sábado, 29 de noviembre de 2014

Loly hija de Lola

Mi marido llegó de trabajar entusiasmado y me dijo - mientras yo pelaba papas, me ocupaba del baño de Milena y hablaba por teléfono con mi vecina que desde que le entraron a robar no piensa en otra cosa que mudarse- que había encontrado una oportunidad. Ya se sabe cómo son los hombres con las oportunidades, así que dejé todo para escucharlo.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

Felicitas y el psicotécnico

Suena el timbre. Es la séptima que pasa por mi mesa en este día. Ya me confundo. La que se fue era Vanesa, ¿o Ximena? Ya no me acuerdo. Le puse un siete. Lo tengo anotado, todo anotado en el reverso de cada currículum. Ellas vienen producidas. Llegan con tacos, pintadas, vestidas para impresionar. Vanesa o Ximena, vino con un escote para el infarto. Dejó notar que realmente quiere el puesto. Respondió nerviosa a mis preguntas y a mí, que apenas la miré para parecer ejecutivo, distante, me dieron un poco de ganas de jugar al gato y al ratón. Le hubiera podido pedir cualquier cosa. Podría haberle dicho que me traiga un vaso con whisky de mi frigobar y luego que se siente en mi rodilla. Probablemente Vanesa o Ximena lo hubiera hecho, y luego le tendría que dar el puesto. Las condiciones laborales serían explícitas.

viernes, 21 de noviembre de 2014

Boy

Violeta era su nombre de guerra, cómo Julián el mío. Vivía en Martínez y yo también. Las fotos que subía a la página de Badoo no reflejaban lo que iba a encontrar. Pensé que si Violeta era tan bonita, seductora y sonriente como parecía en su perfil, no tenía por qué andar buscando chongo en internet. No tenía fotos en bikini, ni primeros planos de sus curvas. Una foto andando a caballo, otra con gorro de lana en un lago con montañas. Era linda, sin embargo lo que me trastornaba era su sonrisa. Le escribí, Hola linda, un saludo nada original, pero de alguna manera había que empezar.

miércoles, 22 de octubre de 2014

Un perro negro y peludo

Hace unos años en el tramo de la ruta 8 que va entre Parada Robles y el cruce con ruta 6 había sólo dos ferreterías: la del viejo agreta y Ferredel, que luego se expandiría con sucursales en Los Cardales, Capilla del Señor y el Remanso. El viejo agreta era un delincuente, sentías que te empezaba a sacar plata en cuanto pisabas sus cerámicos llenos de polvo y te ponías a mirar sus muestrarios oxidados de tornillos y bulones. Sus precios eran inclasificables y si estaba de mal humor te podía pedir cinco pesos por una arandela. Pero había veces, sobre todo cuando no había algo en Ferredel, que no quedaba otra. Por fortuna,  que no hubiera algo en Ferredel era algo poco frecuente. Era uno de los negocios mejor provistos de la zona, tenían desde generadores eléctricos a molinos de viento, de cueritos para canillas hasta válvulas eléctricas para riego automatizado. Excedía en mucho a su denominación de ferretería. Su prosperidad hacía sospechosa el decoro de su ganancia, pero en la zona no tenía competencia. El viejo ni contaba, como sobrevivía con su negocio era un misterio.

Boina

En un día del padre de hace unos cuantos años, cuando bajé de la lujanera en San Juan y Boedo me metí en lo de un chino a comprar el regalo. Entre controles remotos y tazas de plástico encontré unas boinas vascas, negras. Mi viejo nunca había usado boina, pero como a todo buen barbudo nacido en el campo le iba a quedar pintada. Así que pagué los veinte pesos que pedía el chino y con mi viejo quedé como un duque. Desde entonces, en los días festivos o cuando sale de viaje, mi viejo empezó a usar boina.

Toti agradecido

Ante el hecho ineludible de la celebración del aniversario de un ser querido, siempre prefiero adoptar lo que mi criterio me dicte. Si encuentro algo que me guste, tengo ganas y tengo plata, lo regalo. Si no es así, el próximo año o el otro será. No quiero ser parte de la maquinaria regalera, no disfruto dando chucherías ni poniendo cinco pesos para comprar una cartera. Prefiero saltear cumpleaños, también navidades enteras y aprovechar el beneficio de la sorpresa. Es difícil, porque no todos comparten esa concepción asimétrica del regalo y más de una vez llegaron reclamos. ¿Por qué a ella sí y a mí no? ¿Por qué una bicicleta y a mí un librito?  Pero prefiero escucharlos durante años y un buen día aparecer y cambiar su mirada con la sorpresa. No necesito que sea el santo, ni reyes, ni el día del niño. En realidad es mejor que no lo sea. Sólo necesito haber encontrado el qué y a quién y eso cuesta trabajo.

miércoles, 8 de octubre de 2014

Peregrinación gaucha

Un caballo medio viejo tira de un carro. Cinco perros, con la lengua afuera y el cuero transpirado, se adelantaron y ahora esperan a la sombra de un toldo. Uno de ellos alguna vez fue golden retriever, ahora, tuerto y con el pelo enmarañado, parece otra cosa. En el carro, tres menores fuman porro sentados mientras al equino le tiemblan las rodillas. Entonces, metros antes de la plaza, el caballo se desploma. Un menor de pelo mota baja del carro y se acerca a ver la cara exhausta. Después, con un palo, trata de hacer palanca sobre el asfalto y levantar al bicho. En el carro, apenas un chasis con tres maderas y ruedas de auto, uno de los pibes apaga el faso y se levanta.  A su lado pasa al trote un corcel con aperos de plata y lonja con tachas. El gaucho, de facón y boina roja, apenas los mira, pega dos taconazos y su bestia  sale en estampida. Los cinco perros lo corren media cuadra llenando la calle de Luján con sus ladridos. Se acerca un vecino indignado con un libro en la mano, ve al caballo tirado y en cuclillas acaricia las crines. Pobre animal, dice y pide al menor su remera. Con ella suaviza los estertores que se ahogan en el asfalto. Los dos que han quedado en el carro, debaten en su idioma. Hace dos días que están en camino, faltan casi treinta cuadras para llegar al destino. Uno quiere afanar una moto, el otro continuar a pié hasta la Virgen de la que es devoto.

lunes, 29 de septiembre de 2014

Un velero llamado Love love

Stephane era alto, flaco, fibroso y con cara de esquiador compulsivo. Le resultaba imposible responder  las preguntas que aparecían a borbotones cuando contaba su historia, porque apenas hablaba español. El día en que lo conocí llegué de vuelta a casa con la panza llena de queso, con una punzada que me doblaba, y recuerdo haberle dicho a mi novia de entonces, que Dios la tenga en su gloria, que ese Stephane aparte de Suizo merecía ser hijo de Serbios. Y mi novia, que por entonces ya mostraba la hilacha, me preguntó qué carajos sabía yo de serbios y suizos. Kusturica, dije. Kusturica, vi las pelis de Kusturica, le contesté como pude y me fui al baño a vomitar.

lunes, 15 de septiembre de 2014

Paola, desde pequeña

El cumpleaños de Ramiro era un sábado. Mamá me llevó en el auto bañado, peinado y con la ropa para días especiales. En cuarto grado tenía una camisa verde oscura, unos jeans nuevos, cinturón con barquitos y zapatos marrones recién lustrados. Ramiro vivía cerca del cementerio, en una cuadra donde todas las casas eran iguales y mi mamá tocó el timbre en la puerta equivocada. Tenía globos atados, pero no era la de Ramiro. Yo me di cuenta enseguida y le tiré de la manga a mamá para avisarle. Pero  me pidió que no la interrumpa mientras le explicaba a la señora que el regalo se lo alcanzaba el lunes, a la salida de la escuela. La señora trató de entender eso del regalo en la escuela, y mientras pensaba mamá dijo que tenía el auto mal estacionado y salió corriendo por la vereda. La señora me dio la mano y me hizo pasar a un living chico con todos los muebles amontonados. Un montón de señores y señoras sentados me miraron. Yo  enseguida me di cuenta de quién era el cumpleaños. La señora que me había abierto la puerta alzó a una beba a upa. Le habían puesto un vestido rosado, una vincha dorada

Las Preciosas

Yo tenía catorce años y trabajaba en un kiosco de diarios, andaba cansado porque estaba durmiendo poco y el viejo me prometió que un día me iba a mandar a Las Preciosas para que cambiara la cara. Yo no tenía idea de que era Las Preciosas, pero una o dos semanas más tarde, cuando terminé el reparto, el viejo me pidió que hiciera el otro recorrido, el que tenía los edificios y los negocios, porque había faltado el otro repartidor.  Así que cargué los diarios en el cajón de la bici, agarré la hoja donde el viejo anotaba las direcciones y salí de nuevo. Cuando volví el viejo me miró a los ojos, como para ver qué cara tenía, y lo que vio fue un pibe extenuado, que había dormido poco, se había levantado a las cinco de la mañana, había pedaleado por más de hora y media y subido por la escalera a dos edificios de más de diez pisos. El viejo hablando solo dijo que parecía que Las Preciosas se habían quedado remoloneando y después me llamó, me pidió que me acerque y me pegó un par de cachetadas cariñosas. Me dijo, nene, no te preocupes, otro día se te va a dar. Yo le pedí cobrar la quincena y después me fui para casa a pegarme un baño y salir para el mercado donde trabajaba de cadete.

Primeras y segundas

La primera vez que le limpié el culo a mi hija ella tendría un par de meses y mi mujer me estaba mirando cómo si fuera un qualify test para maridos. Es decir, con una sonrisa amorosa, pero no me la vayas a romper porque esto se acaba. Yo estuve seguro de hacerlo bien. La acosté de espaldas en el cambiador con elefantitos y abrí el pañal, mi hija me miró sorprendida. La caca no parecía caca, era una crema sin olor, los pañuelitos eran más suaves que el terciopelo y el óleo calcáreo una sustancia mágica. Cuando estaba por terminar mi mujer se abalanzó sobre mí, me sacó a la nena y me dijo que nunca, pero nunca dejara de sostenerle la cabecita, que el cuellito de los bebés era muy frágil. Total, por mucho tiempo fue ella la que se ocupó del tema. A mí, francamente, no ser el que limpiaba el culo de la nena no me importaba.

miércoles, 13 de agosto de 2014

Chocolatines, nieve y yoghurt

Llegaba del trabajo y encontraba todo blanco. En la autopista no, sobre todo en casa, el jardín estaba cubierto de nieve. Entraba. Pensaba en los chocolatines. Iba a verla a ella al cuarto, pero no llegaba. Entonces iba a la despensa donde revisaba estante por estante. Me desesperaba saber que estaba nevando y no tenía chocolatines.

Salía y me daba cuenta de que sin cadenas el auto en la nieve no servía. En la calle no había nieve, sólo en el jardín, pero quién sabe. Podía encontrar nieve y no podía andar sin cadenas. Entonces llamaba al Bolsón. Guillo tiene cadenas, pensaba. Me quedaba tranquilo, problema resuelto. Pero las cadenas de Guillo nunca llegaban.